Mi padre, en sus 50 años, estaba aprendiendo a nadar. O mejor dicho, le estaba enseñando a su instructor a escuchar, porque mi padre hablaba demasiado. No se avergonzaba de intentar, no le importaba lo que pensarían los demás. Decía: «tú, nena, haz lo tuyo y no mires a los demás». Aunque han pasado unos años desde que no está aquí, cuido en mí misma la capacidad de empezar desde el principio. Empezar a partir de las piezas que en el momento menos esperado se unen en un todo coherente.